Por motivos que ya todos conocéis he tenido que pasar dos veces por la experiencia de asistir a rehabilitación en un Hospital, en mi caso me tocó hacerlo en el Hospital Marítimo de Oza que forma parte del CHUAC (el nombre de Juan Canalejo no será adecuado, pero con este se han lucido....que horror de nombre!).
Los primeros días pensé que no iba a poder con aquello; yo ya llegaba arrastrando una fuerte depresión pero el panorama que tenía alrededor no parecía contribuír a subirme el ánimo: personas en sillas de ruedas, con prótesis, jóvenes, mayores....; personas que habían sufrido accidentes de tráfico, ictus cerebral o se reponían de una intervención quirúrgica. Pero en aquel primer momento me fijé más en sus cuerpos que en sus caras.
Al cuarto o quinto día mi perspectiva cambió; la "culpable" de ese cambio era una fisio que de cuclillas delante de una silla de ruedas bromeaba con un chico joven, supongo que para darle ánimos y él, que por un accidente necesitaba una prótesis de media pierna, poco después le comentaba a una señora muy mayor (que esperaba su turno para ser tratada) "la suerte" que había tenido de poder contarlo y que aunque era muy duro hacerse a la idea "el personal de allí le animaba mucho y hasta le gustaba venir allí todas las mañanas a cargarse las pilas".
De repente como se dice ahora "me cambió el chip" y sus dolencias pasaron a un segundo plano para fijarme en sus caras, en las caras de mis compañeros, y no tardé mucho en sentirme parte de aquello. Allí pasé de conocer el miedo a conocer la esperanza, de la soledad al compañerismo, de la resignación al yo puedo.
Pero también comencé a fijar mi atención en los profesionales que trabajan allí, esos fisios que sin parar un momento en toda la mañana, de un lado para otro, en el gimnasio, en las cabinas, haciendo "largos" de pasillo o en la piscina procuran "reparar" nuestros maltrechos cuerpos; lo mismo nos ponen ultrasonidos que nos hacen subir pesadas bolsas con una polea, lo mismo electrodos que el doloroso chorro de agua...; y por si eso fuera poco se ven rodeados toda la mañana de jovencísimos y tímidos estudiantes que van a aprender "oficio" con los maestros, porque la profesión de Fisioterapia se aprende así, en la Universidad y en el Hospital, no hay más. 

A nivel emocional tuve días malos, pero malos de solemnidad, cuando creía que no podría mejorar, pero allí estaban para "tirar" de mi, y mientras subía la rampa, me levantaba de una colchoneta sin ayuda, sorteaba obstáculos entre dos barras sin salirme de la raya o recibía el consabido chorro en la espalda, había reprimendas sí, pero también conversación, una sonrisa y aliento. Porque allí hay dolor, molestias, esfuerzo (lo digo porque hay quien piensa que rehabilitación es igual a "masajitos", el que quiera masajitos que se vaya a un spa, Oza es un Hospital y en un hospital hay enfermos) pero también hay profesionales preparados para darte el tratamiento adecuado con firmeza pero con afecto, sin presión pero con constancia. Cuanto saben!!
Pero en Oza hay más, mucho más, necesario, imprescindible para algunos como nosotros, como yo, pero eso pertenece a otro artículo. Seguramente este texto desprenda afecto y admiración pero el que haya pasado por allí sabe que son merecidos, su personal lo merece; y para mí muy especialmente Suki, Chape y la Dra. Álvarez que me devolvieron las ganas y la confianza en mi recuperación.
Oza es especial; sus profesionales son especiales porque en medio de todo ese dolor, duda, resignación, consiguen que tú también te sientas especial, pues todos los días hacen posible un milagro, el milagro de no tirar nunca, nunca, la toalla.

Ah!! y además a Coté le condenaron en costas ¿con qué pagará?....


